En todo el mundo, millones de mujeres y niñas enfrentan violencia, discriminación y abuso. Con demasiada frecuencia, el mensaje que reciben es el mismo: la justicia y la ayuda no están en sus planes. Es posible que un caso de violación nunca llegue a los tribunales y la superviviente sufre en silencio. Una denuncia por acoso laboral no tiene consecuencias y la dinámica de poder tóxico persiste. Una mujer busca ayuda en una comisaría, pero sale sin protección, sólo para volver a casa y correr el riesgo de sufrir más violencia y represalias por hablar. A las mujeres se les niega la igualdad salarial, la herencia y los derechos a la tierra, lo que hace imposible para muchas construir vidas prósperas y forjar su propio futuro. Esta discriminación sistémica suele estar tan profundamente arraigada que a muchas mujeres les resulta imposible cuestionarla.

Las leyes existen, pero por sí solas no brindan justicia ni protección. Las mujeres siguen expuestas a daños, obligadas a cambiar sus rutinas, trabajos e incluso hogares, mientras que quienes causaron daños no enfrentan consecuencias.

Esto es lo que sucede cuando los sistemas de justicia no protegen a las mujeres y las niñas, no escuchan a las sobrevivientes y no actúan. La violencia y la discriminación se extienden, y la impunidad les dice a los perpetradores que no habrá consecuencias y que el estado de derecho no importa.

Esta explicación pone a prueba ese fracaso.



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