Ver a Colombia derrotar a Brasil en el deporte más popular del mundo es un placer indescriptible. Derrotarlo, además, de manera contundente, sin sobresaltos ni complejos, y dejando atrás el eterno lamento de que “jugamos como nunca, pero perdimos como siempre”.
Fue la gran satisfacción que nos produjo el jueves la juvenil selección colombiana. No fue, por supuesto, una emoción comparable a la victoria 5-0 contra Argentina en un ya lejano 1993, pero sí un triunfo que tiene algo de histórico frente a un gigante del balompié, que nos colocó en la final de hoy del Sub-17.
Junto a la consagración de Lucho Díaz en la victoria del Bayern sobre el Real Madrid, en la liga más importante del fútbol mundial, hechos como estos constituyen un bálsamo para un país agobiado por malas noticias. Podrían agregarse las recientes medallas de oro de Ángel Barajas y Sara López en los mundiales de gimnasia y de tiro con arco en Croacia y México, respectivamente.
El país se siente reflejado en sus deportistas y estas hazañas contribuyen al orgullo y autoestima nacionales. No es lo que piensa el mamertismo ortodoxo, que las considera como alivios escapistas que distraen y evaden los problemas de fondo de una sociedad. Según ellos, equivalen, pese a lo meritorias, a una especie de “opio del pueblo”, que es como definen las creencias religiosas.
En la realidad de los hechos, equipos nacionales y atletas individuales representan las historias, aspiraciones y orgullos de toda una comunidad, más allá de implicaciones políticas o ideológicas. Aunque también es cierto que en las grandes competencias internacionales —los Juegos Olímpicos, por ejemplo— salen a relucir estos factores.
Basta recordar cuánto pesaron en la Guerra Fría entre capitalismo y comunismo, cuando el desempeño deportivo era termómetro de la superioridad de uno u otro sistema. Inclusive en una actividad tan cerebral y fría como el ajedrez, como lo demostró la enorme atención mundial que despertaron los duelos en el tablero del excéntrico y genial Bobby Fischer con los maestros soviéticos Spassky y Kasparov, provenientes de un país donde el ajedrez es pasión nacional.
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Luis Fernando Díaz Marulanda, nacido hace 29 años en el pueblo de Barrancas, es hoy un ídolo nacional por todo lo que simboliza para los colombianos. Ante todo, la superación personal en medio de la adversidad. De una humilde familia indígena wayuu de La Guajira, donde jugaba descalzo, Lucho Díaz llegó a la gloria internacional a punta de garra, disciplina y un talento excepcional. Además de una entereza a toda prueba, como la que demostró cuando el ELN secuestró a su papá y tuvo que liberarlo ante la indignada protesta nacional.
Un personaje que tampoco ha perdido la modestia ni ha caído en las vanidades de la fama merece la admiración de un país donde entre las celebridades proliferan egos y envidias. A una figura así hay que desearle todos los éxitos y todos los goles. Y que siga siendo fuente de inspiración para una juventud necesitada de ídolos sin pies de barro.
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El libro de Abelardo Forero Benavides Colombia, un dramapublicado por la Universidad de los Andes, debería ser de obligatoria lectura para los colombianos. Estas “memorias de un pacifista en un país en llamas”, como él las denomina, retratan con equilibrada claridad un periodo tan crucial como ingrato de nuestra historia reciente.
El transcurrido entre 1946 y 1954, cuando Colombia sufrió una violencia política que la partió en dos, le lesionó el alma y de la cual aún no hemos logrado salir del todo. La que hoy padecemos no es la del “corte de franela” y otras monstruosidades que produjo esa guerra civil no declarada entre conservadores y liberales, que desangró al campo colombiano hasta que pactaron el acuerdo del Frente Nacional para repartirse milimétricamente el poder durante dieciséis años.
Ahí terminó lo que se conoció, aquí y en el mundo, como “La Violencia”, ese negro capítulo nacional, cuyos orígenes políticos y desarrollo posterior Forero Benavides recrea con agudo sentido del detalle y comenta con pedagógica lucidez.
Es inexplicable que este libro, escrito en 1957, haya permanecido tantos años inédito. Su autor, fallecido en 2003, no quiso publicarlo en vida, temiendo que fuera usado para atizar divisiones, pero ya era hora de que la familia autorizara su divulgación. Porque, como escribe su yerno Edgar Castellanos, sus semblanzas de las figuras políticas y crónicas sobre episodios claves de esos años —el 9 de abril, la caída del Partido Liberal, el ascenso de Mariano Ospina Pérez, la dictadura de Rojas Pinilla— ofrecen una nueva luz necesaria sobre nuestra historia, “en tiempos en que el país vuelve a asomarse a sus trágicas equivocaciones”.
El profesor Abelardo, como le decíamos sus alumnos de la Universidad de los Andes, fue un apasionado de la historia universal y un expositor magistral, que atraía a sus atestadas clases a estudiantes de todas las facultades, fascinados por una elocuencia sin par. Sus histriónicas evocaciones de los episodios más dramáticos de la Revolución francesa, cuando rodaban en la guillotina las cabezas de nobles y monarcas, o del fusilamiento de los aristócratas rusos por los bolcheviques de Lenin, lo trasladaban a uno al escenario mismo de los hechos. Los sentados en primeras filas nos sentíamos salpicados por la sangre.
Tal era la viveza de los relatos del gran Abelardo.
PD: “Si la mentira es suya, renuncia a la presidencia; si la mentira es mía, renuncio a la política”, le soltó en días pasados Álvaro Uribe a Gustavo Petro, refutando algo que este habría dicho sobre aquel en Ecuador. El motivo es baladí, pero el hecho es que la campaña electoral se calienta al son de retos insólitos entre sus protagonistas.
Menos mal no faltan sino un par de semanas.
¡BOLETAS PARA CIRCOMBIA EN ELECCIONES!
BOGOTÁ
Martes 21 de abril – Auditorio Orígenes de la Universidad EAN
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