En 2008, la economía estadounidense casi se derrumbó bajo el peso de las hipotecas de alto riesgo: una crisis basada en el crédito fácil, las garantías del gobierno, una confianza casi religiosa en los precios de las viviendas en constante aumento y una creencia imprudente de que todos deberían y podrían poseer una casa, independientemente de su capacidad para pagar.

Aprendimos, dolorosamente, que las buenas intenciones pueden mutar en monstruos, y el resultado fue una catástrofe financiera y social de una década.



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