Comenzó con una palabra tan inocua como cena: pizza. En 2016, durante las acaloradas elecciones presidenciales de Estados Unidos, un puñado de referencias casuales a la pizza en correos electrónicos pirateados de John Podesta, presidente de la campaña de Hillary Clinton, fueron arrancadas de su contexto ordinario y transformadas en la base de una de las teorías de conspiración más persistentes de la era digital: el Pizzagate. Según la BBC, la teoría alegaba falsamente que las élites demócratas dirigían una red de tráfico de niños desde una pizzería de Washington, DC llamada Comet Ping Pong. La idea no sólo carecía de fundamento, sino que era espectacularmente resistente, y tejía símbolos y emociones en una narrativa que se negaba a morir, por mucho que fuera desacreditada.

La historia dio un giro peligroso en diciembre de 2016. Edgar Welch, padre de dos hijos de Carolina del Norte, condujo cientos de millas hasta Comet Ping Pong, armado con un rifle y convencido por los rumores de Internet de que había niños encarcelados debajo del restaurante. Disparó dentro de la pizzería, aterrorizando al personal y a los clientes. Como informaron Wikipedia y varios medios de comunicación, no había ningún sótano, ni túneles secretos, ni rehenes: solo una comunidad sacudida y un mito que había saltado de la pantalla a la vida real. Sin embargo, para muchos miembros de la comunidad conspirativa, este acto violento no fue el final sino un nuevo capítulo. La ausencia de pruebas se convirtió, a sus ojos, en una prueba más de un encubrimiento.



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