Mientras la Iglesia celebra el Domingo de Ramos, Jenny Kraska ofrece su opinión sobre las lecturas litúrgicas del día, reflexionando sobre el tema «Ramas de palma y giros de la trama».

Por Jenny Kraska

El Domingo de Ramos nos sitúa en el umbral del misterio. Comenzamos con las palmas en alto, haciéndose eco de los gritos de la multitud: «¡Hosanna al Hijo de David!»

Sin embargo, casi sin previo aviso, la liturgia nos lleva a la lectura solemne de la Pasión. Las mismas voces que aclamaron a Cristo ahora se vuelven contra Él. La alegría de la procesión da paso al peso de la Cruz.

En el relato evangélico de la Pasión de Mateo, encontramos no sólo el sufrimiento de Cristo, sino también el sufrimiento que recorre todas las épocas. La traición, el miedo, la injusticia, la violencia no se limitan a las páginas del Evangelio. Se desarrollan en cada tiempo y en cada vida. La sombra de la Cruz se cierne no sólo sobre el Calvario, sino también sobre nuestro mundo actual.

Ahora sentimos esa sombra de una manera particular. Mientras las naciones se encuentran al borde de un conflicto continuo y la guerra amenaza una vez más en el Medio Oriente, la incertidumbre de nuestros tiempos nos presiona fuertemente.

Vemos división entre los pueblos, el sufrimiento de los inocentes y el terrible costo del orgullo y el poder humanos. Como los discípulos de Getsemaní, somos tentados al miedo, a la confusión e incluso a la desesperación.

Sin embargo, el Domingo de Ramos nos recuerda que Cristo no se aleja de las tinieblas. Él entra en ello plenamente. En el jardín tiembla. Ante Pilato permanece en silencio.

En la Cruz, Él grita en abandono. Jesús no explica el sufrimiento: lo abraza, lo transforma y lo redime.

Este es el corazón de nuestra fe: la Cruz es real. Su peso es innegable. Pero no es la última palabra.

Somos un pueblo de Pascua. Al comenzar la Semana Santa, lo hacemos con una esperanza tranquila e inquebrantable. La Cruz que se cierne sobre la historia no es un signo de derrota, sino de victoria; a través de ella es una victoria obtenida mediante el amor, el sacrificio y la misericordia más que por la fuerza.

En un mundo marcado por la incertidumbre, esta verdad importa más que nunca. Significa que ningún sufrimiento carece de sentido. Significa que ninguna oscuridad tiene fin. Significa que incluso frente a la guerra, el odio y la división, Dios está obrando, sacando vida de la muerte.

El Domingo de Ramos nos invita a caminar con Cristo, no sólo en los momentos de triunfo, sino también en los momentos de prueba. Nos llama a permanecer fieles cuando las multitudes guardan silencio, a permanecer cerca de la Cruz cuando otros huyen y a confiar en que los propósitos de Dios se están desarrollando incluso cuando todavía no podemos verlos.

Al entrar en esta Semana Santa, que llevemos tanto las palmas como la Cruz en nuestros corazones. Que no rehuyamos la pesadez del sufrimiento que nos rodea, sino que lo enfrentemos con la compasión de Cristo. Sobre todo, que nos aferremos a la promesa que nos define como creyentes:

La Cruz no es el fin. El amor es más fuerte que la muerte. ¡Se acerca la Semana Santa!



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