En el corazón de San Diego, entre el aroma del pan dulce y el color vibrante del cempasúchil, esta familia ha convertido su restaurante en un homenaje vivo a las tradiciones que los acompañaron desde su natal Acapulco.

Cada año, colocan con esmero su altar de muertos en un rincón especial del local, adornado con fotografías familiares, veladoras y platillos típicos que recuerdan a quienes ya no están. Pero más allá de la comida y las flores, lo que llena el espacio es el sentido de comunidad: vecinos, clientes y amigos llegan para dejar una ofrenda, compartir una historia o simplemente sentirse parte de algo que trasciende el tiempo.

“Queremos que las nuevas generaciones no olviden de dónde venimos, ni a quiénes debemos nuestras raíces”, cuenta Rodnia Attiqquien junto con su mamá fundó el restaurante hace más de una década. “El altar no es solo para nosotros, es para toda la comunidad que ha sido nuestra familia aquí en San Diego.”

Durante todo el fin de semana, los visitantes podrán admirar el altar, participar en talleres para aprender a elaborar papel picado y degustar pan de muerto acompañado de chocolate caliente. La familia también invita a quienes deseen traer una foto de sus seres queridos para colocarla en el altar, “porque todos tenemos a alguien a quien queremos recordar”.

En un año donde muchos extrañan a familiares lejos de casa, este altar se convierte en un símbolo de unión, memoria y esperanzaun puente entre México y San Diego que brilla con la luz de cada vela encendida.



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